El 8 de enero de 1949, tras una ardua lucha que incluyó a numerosas organizaciones, distintas estrategias y acciones, las mujeres chilenas consiguieron el reconocimiento legal de sus derechos políticos. Bajo la presidencia de Gabriel González Videla fue aprobado el texto que les concedió el ejercicio en plenitud de los mismos. Para celebrar este hecho se realizó en el Teatro Municipal un acto que contó con la participación del Presidente de la República, ministros de Estado, el presidente del Senado, parlamentarios, integrantes de la “Federación Chilena de Instituciones Femeninas” (FECHIF) y público en general. Sin embargo, no fueron invitadas destacadas feministas como Elena Caffarena, quien además de haber redactado con Flor Heredia un proyecto de ley sobre el voto femenino, tuvo una participación clave en las luchas feministas.

El primer intento por ejercer el derecho a voto en Chile ocurrió en 1875, cuando grupos de mujeres de dos ciudades del país se presentaron en los registros electorales con la intención de inscribirse para votar, ya que no existía una ley que lo prohibiera. Sin embargo, no se les permitió ejercer su derecho y más tarde, en 1884 se modificó la ley electoral estableciendo en forma precisa que el voto era un derecho exclusivo para los hombres.

“Un grupo de señoras en la ciudad de San Felipe y otro en La Serena intentaron inscribirse en las Juntas Calificadoras de Elecciones, amparándose en la ambigüedad de la Constitución, que otorgaba el voto a todos los “chilenos” mayores de 21 años, que supieran leer y escribir. Algunas señoras fueron calificadas, lo que causó una polémica que se vio reflejada en los periódicos de la época”.


Por Antonella Cassi, Observatorio de Género y Equidad

El tratamiento que la prensa realizó sobre el tema no permitió ubicar el hecho dentro de un debate serio, al contrario, fue calificado como insólito, “los comentarios fueron más bien ambiguos, algunos se limitaron a reproducir lo establecido por las Juntas Calificadoras, otros comentaron el hecho con ironía, pero ninguno asumió una postura clara.”[1]

Las reacciones en la esfera política, no se hicieron esperar, “Alarmados los políticos interpelaron ruidosamente en la Cámara al ministro Ignacio Zenteno, quien sostuvo que las mujeres podían y debían votar porque la Constitución de 1833 y la ley de 1874 les daba ese derecho. El país entero y el gobierno mismo lo creyeron con el juicio trastornado”.[2] Eran mujeres de sectores medios, de sectores conservadores.

El hecho que las mujeres pretendieran votar fue interpretado por la prensa y los sectores políticos como una osadía. “Finalmente las señoras calificadas no pudieron ejercer su derecho a sufragio porque los juristas opinaron que, si bien la Constitución no prohibía explícitamente este derecho a las mujeres, este iba en contra del espíritu de la Carta Fundamental de 1833”[3] Y para evitar intentos similares se terminó modificando la ley electoral en 1884.

A principios del siglo XX, Chile enfrentaba importantes cambios económicos con la explotación del salitre, que sería la principal fuente de ingresos del país por largo tiempo. Se produjo una concentración de la población trabajadora en el norte donde se originó el movimiento obrero que tomó las reivindicaciones de la Internacional Socialista de Trabajadores y que permitió también, el surgimiento de pequeñas organizaciones de mujeres, como fueron los Centros de Mujeres Belén de Sárraga. Tomando el nombre de la española, librepensadora y activista anticlerical que recorrió América Latina, luchaban por la emancipación de las mujeres.

Tras la grave crisis del salitre, en la segunda mitad de los años 20, el Estado toma un rol protagónico en la economía liderando la industrialización del país con el objeto de fortalecerla ante los cambios de la economía internacional. En los años treinta nace el Frente Popular, una alianza electoral integrada por partidos del centro (radical) e izquierda (socialista, comunista). Adhirieron a este Frente, sindicatos y también el naciente “Movimiento Pro Emancipación de la Mujer (MEMCH)”.[4]

Mujeres de clase media, que ya habían ingresado a la Universidad y que disfrutaban de la literatura y las artes, comenzaron a cuestionar la situación de opresión que vivían en la sociedad. “Una vez que la mujer es reconocida como sujeto susceptible de mostrar y aplicar sus capacidades en las áreas del pensamiento y del conocimiento científico, técnico y humanístico -fundamentalmente a través de la legitimación obtenida con el derecho a cursar estudios universitarios- se abre un nuevo paisaje social y cultural en el cual la mujer. Paulatinamente, va a empezar a interrogarse en torno a la inferioridad de su situación legal y a las restricciones civiles y de orden simbólico que le plantea su propia sociedad”[5]

En 1915 nace el “Círculo de Lectura”, por iniciativa de Amanda Labarca, con el interés de promover el acercamiento de las mujeres a la cultura.Desde 1915 la lucha se desplaza hacia las reivindicaciones legales. El 17 de Junio de ese año iniciamos las labores de la primera sociedad íntegramente formada por mujeres y que pretendía alcanzar por medio del esfuerzo de todas, la elevación colectiva”[6]. De este grupo y tras diferencias de pensamiento, se desprende una corriente formada por las mujeres de clase alta que se preocuparon de las consecuencias de su insuficiente participación en la educación Universitaria, ya que consideraban que permanecer en la ignorancia representaba un peligro para la continuidad de su superioridad de clase al no ser capaces de transmitir a sus hijos los conocimientos necesarios para ejercer el rol de clase dirigente. Con ese objetivo nace en 1916 el “Club de Señoras”. “El Club será la expresión organizada de la preocupación de las mujeres de los sectores altos de la sociedad que advierten el peligro que encierra para el futuro de sus hijos y su clase la evidencia de su propia ignorancia, al compararse con las mujeres de los estratos medios, entre las cuales ya había médicas, abogadas, educadoras y que, en gran número, se han ido incorporando a la educación y la cultura”[7]

Los espacios de organización fueron los lugares donde se produjo el intercambio de pensamientos entre las mujeres, en 1919 nace el “Consejo Nacional de Mujeres”, donde nuevamente Amanda Labarca es fundadora, “formada por mujeres provenientes de las clases medias. Se centra fundamentalmente en la búsqueda de los derechos civiles y políticos, y en 1922 redactan un proyecto para modificar las leyes que rigen la condición femenina. Para ello cuentan con el apoyo del mandatario Arturo Alessandri Palma, pero recién en 1925 van a lograr la dictación de las leyes que promueven”[8].

En los años veinte proliferaron las agrupaciones de mujeres, como el primer partido político de mujeres, el “Partido Cívico Femenino” liderado por Ester la Rivera. Editaron la revista “Acción Femenina” y declararon una posición anticlerical ajena a las corrientes políticas del momento. Su lucha se orientó a la obtención del voto municipal, y también establecen alianzas con mujeres de otros países de América Latina.

El interés de las mujeres por obtener los derechos políticos se expresó en variados proyectos de ley que buscaban interpretar sus aspiraciones. Ello no siempre fue posible y “quedaron guardados esperando ‘una mejor oportunidad’, en que contaran con un empuje sólido y permanente por parte de las instituciones femeninas y de consenso a nivel de los partidos políticos, los que temían el comportamiento electoral de las mujeres.”[9]

En 1917 es presentado por la sección joven del partido Conservador, el primer proyecto de ley que concedía el derecho a voto a las mujeres. Ello no fue un hecho aislado, “no respondió a una simple casualidad o tan sólo a la influencia ejercida por el Club Social de Señoras, sino que fue el resultado de los propios conflictos que vivía dicho partido, presionado por los nuevos actores sociales emergentes, entre los que se cuenta la mujer.”[10]

El “Circulo de Lectura” presentó un proyecto de ley en 1922 “sobre derechos civiles y políticos de la mujer, que no encontró eco entre los parlamentarios.”[11]

En 1925 el “Partido Demócrata Femenino” solicitó la modificación de la ley electoral recién dictada, a través de de un proyecto que presentó a la junta de Gobierno, solicitando que se reemplazara la palabra “varones” por “ciudadanos”, “más adelante ellas mismas solicitaron la participación directa de la mujer en la Comisión Consultiva de la Asamblea Constituyente que elaboraría la nueva constitución política del Estado”.[12]

En 1934 las mujeres obtuvieron el derecho a voto para las elecciones municipales: “la Ley 5.357 finalmente es aprobada por el mundo político masculino para dar solución a un tema latente en la sociedad, pero también tuvo vital importancia en esto la insistencia de las organizaciones femeninas y las manifestaciones que realizaron a partir de 1931. De esta forma, el voto municipal fue un avance en términos legislativos para las mujeres, pero por otro lado dejaba ver los prejuicios existentes en la sociedad respecto del rol de la mujer, y el temor que todavía tenía la clase política por el efecto que el sufragio femenino tendría en las elecciones.”[13]

El derecho a voto en las elecciones municipales permitió a las mujeres comprobar la importancia de las organizaciones y generó la oportunidad para abrir el camino hacia el objetivo mayor que era conseguir plenos derechos políticos.

Una de las organizaciones más importantes, por sus ideas transformadoras y feministas, fue el Movimiento Pro Emancipación de la Mujer (MEMCH), que nace en 1935, integrado por mujeres ligadas a la izquierda y a sectores progresistas, con posiciones, en ese momento consideradas radicales. Buscaban cambios estructurales en la sociedad y la liberación integral de las mujeres como lo declaran en sus estatutos “…Es una organización femenina que persigue la emancipación integral y en especial la emancipación económica, jurídica, biológica y política de la mujer”[14]. Entre las mujeres que participaron en él se encuentran Elena Caffarena, Marta Vergara, Olga Poblete, Graciela Mandujano y cientos más a lo largo y ancho del país. La idea era reunir a mujeres de distintas clases sociales, a nivel nacional, para trabajar en forma sistemática y lograr continuidad en el tiempo. Por primera vez ponen los temas de la sexualidad y la reproducción. “El feminismo del MEMCH se hace más reivindicativo que el de otras organizaciones respecto de la condición femenina, aun cuando todavía justifique esas incursiones sólo “para las desvalidas…” (y) logran un equilibrio entre sentirse feministas sin olvidar las causas estructurales que originan las desigualdades, y luchar por los cambios sociales sin olvidar que eran feministas”[15]

El MEMCH publica la revista “La mujer nueva” en sus ediciones se refieren a los roles impuestos a las mujeres, exponen la discriminación que viven en diferentes áreas de la sociedad, incluido el tema del aborto considerado en su programa “…emancipar a la mujer de la maternidad obligada, mediante la divulgación de métodos anticoncepcionales y por una reglamentación científica que permita combatir el aborto clandestino que tan graves peligros encierra”[16]

En 1937 se comienza a discutir en el Parlamento sobre la ampliación del voto femenino. Los representantes de la “Democracia Unificada” presentan una moción en la Cámara de Diputados. Sin embargo las mujeres encuentran un aliado fundamental para su lucha, el Presidente de la República, don Pedro Aguirre Cerda, del Frente Popular, un fiel defensor de sus reivindicaciones”.[17]

En 1941 Aguirre Cerda presenta al Parlamento un proyecto redactado por Elena Caffarena y Flor Heredia. El proyecto de ley que redactó el MEMCH establecía un registro de elecciones único, sin hacer distinciones entre hombres y mujeres. Lo recuerdo perfectamente, pues ese proyecto lo redactamos con Flor Heredia, y posteriormente se lo enviamos a Pedro Aguirre Cerda. Luego, el proyecto fue modificado -estableciendo registros electorales separados por sexo. A mi me pareció absurdo -porque si fuera así ¿por qué no tener micros para mujeres y micros para hombres? Sin embargo, no quisimos discutir este punto para no retardarlo”, explicaron mucho después Elena Caffarena y Olga Pobrete.[18] Pero en noviembre de 1941 falleció don Pedro Aguirre Cerda dejando inconclusa la tarea.

En el tema de los derechos políticos, el MEMCH planteó la importancia de obtener el voto, ya que significaba la incorporación de la mujer chilena al ejercicio pleno de la ciudadanía. Argumentaban: “¿Qué preparación se le exigió al hombre? Saber leer y escribir, tener 21 años de edad e inscribirse en los registros electorales. Son exigencias muy sencillas de cumplir. Más interesante que esto es el aporte de la experiencia que por encima de las limitaciones jurídicas y sociales, la mujer ha obtenido colaborando siempre por el progreso del país. Esta es su mejor preparación”.[19]

En 1944 se realiza el primer Congreso Nacional de Mujeres y como consecuencia, ese mismo año nace la “Federación Chilena de Instituciones Femeninas” (FECHIF) “la cual emprendería una gran campaña por la conquista de los derechos políticos de la mujer. A esta federación se integraron numerosas organizaciones femeninas que venían luchando desde hace mucho por tales propósitos, entre las que se contaban el MEMCH, la Asociación de Mujeres Universitarias, Acción Cívica Femenina, etc.”[20].

Las estrategias para obtener el derecho a voto se centraron en la presión a los parlamentarios, mediante la fuerza de la articulación lograda entre las distintas organizaciones, convencidas de tener los argumentos necesarios para obtener los derechos políticos.

En 1945 la FECHIF presenta un nuevo proyecto de ley para modificar la ley general de elecciones, pero la espera se prolonga hasta diciembre de 1948, cuando la presión de las mujeres se hace insostenible para los partidos políticos y el proyecto es aprobado en el Senado.

Sin embargo, las mujeres más relevantes, desde el punto de vista de su contribución a esta conquista, no fueron consideradas en las celebraciones oficiales. Fue el caso de Elena Caffarena que vivió la persecución contra los comunistas que realizó el gobierno de Gabriel González Videla y que la ubicó en la “lista de enemigos”, aunque nunca hubiera militado en ese partido. “El voto lo consiguieron las mujeres después de veinte años de duras y sacrificadas luchas. Don Gabriel lo único que hizo fue cumplir con el trámite constitucional de promulgación. El que éste se hiciera en el teatro municipal en solemne ceremonia, a la que no se invitó a las agrupaciones que más se habían sacrificado en las campañas, no puede convertirlo en el donante gracioso de esta sentida reivindicación femenina”[21]

Sesenta años después de esta conquista, hoy día tenemos sólo dos mujeres en el Senado y entre las dos cámaras, apenas superan el 13% de los cargos. La lucha continúa.

Referencias Bibliográficas

- Poblete, Olga. Una mujer: Elena Caffarena. Editorial Cuarto propio, Santiago, 1993.

- Gaviola, Edda y Otras. Queremos votar en las próximas elecciones. Ediciones “La morada”. Santiago, 1986.

- Eltit, Damiela. Crónica del sufragio femenino en Chile. SERNAM. Santiago, 1994.

- Labarca, Amanda. Feminismo contemporáneo. Editorial Zig-Zag. Santiago, 1947.

- Kirkwood, Julieta. Ser política en Chile: las feministas y los partidos. FLACSO. Santiago, 1986.

- MEMCH Antología. Para una historia del movimiento femenino en Chile. Santiago. 1983.

- Errázuriz, Javiera. Discursos en torno al sufragio femenino en Chile 1865-1949. Santiago. 2005. Este artículo es un extracto de la Tesis de Licenciatura Voces sobre sufragio femenino. Evolución de los discursos masculino y femenino, 1865-1949. Pontificia Universidad Católica de Chile.

- Vitale, Luis. Historia de la Censura en Chile.


[1] Ibíd.

[2] Martina Barros: “El voto femenino” en la revista chilena T. II. 1917.

[3] Errázuriz, Javiera. Discursos en torno al sufragio femenino en Chile 1865-1949. Santiago. 2005.

[4] Gaviola, Edda y otras. Queremos votar en las próximas elecciones. 1986. Santiago.

[5] Eltit, Diamela. Crónica del sufragio femenino en Chile. 1994. Santiago

[6] Labarca, Amanda. Feminismo contemporáneo. 1947. Santiago

[7] Kirkwood, Julieta. Ser política en Chile. Los feminismos y los partidos. 1986. Santiago.

[8] Eltit, Diamela. Crónica del sufragio femenino en Chile. 1994. Santiago.

[9] Gaviola, Edda y otras. Queremos votar en las próximas elecciones. 1986. Santiago.

[10] Ibíd.

[11] Gaviola, Edda y otras. Queremos votar en las próximas elecciones. 1986. Santiago.

[12] El Despertar de los trabajadores. 1925. En Gaviola, Edda y otras. Queremos votar en las próximas elecciones. 1986. Santiago

[13] Errázuriz, Javiera. Discursos en torno al sufragio femenino en Chile 1865-1949. Santiago. 2005

[14] MEMCH. Para una historia del movimiento femenino en Chile. 1983. Santiago

[15] Kirkwood, Julieta. Ser Política en Chile. Los feminismos y los partidos. 1986. Santiago.

[16] “La Mujer Nueva”, N· 1, Noviembre 1935 en MEMCH. Para una historia del movimiento femenino en Chile. 1983. Santiago.

[17] Ibíd.

[18] Entrevista a Elena Caffarena y Olga Poblete realizada el 15 de mayo de 1985 en Gaviola, Edda y otras. Queremos votar en las próximas elecciones. 1986. Santiago.

[19] MEMCH. Para una historia del movimiento femenino en Chile. 1983. Santiago

[20] Gaviola, Edda y otras. Queremos votar en las próximas elecciones. 1986. Santiago

[21] Elena Caffarena en su biografía Una mujer Elena Caffarena, escrita por Olga Poblete. 1993. Santiago.

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4 comentarios en “A sesenta años del derecho a voto de las mujeres: la lucha continúa”

  1. La historia ha olvidado a Fresia Arcos Albarracín, también una de las luchadoras por el voto femenino y que incluso pudo dar un discurso en el Senado a favor del voto en 1948.
    No soy investigadora y no he logrado hacerme el tiempo para ir al Archivo Nacional y buscar los antecedentes.
    Fresia Arcos es abogada, tiene 84 años y áun ejerce.
    Es asesora legal y previsional del sindicato del INP.

  2. Fatima Seda Barletta
    23 Septiembre, 2010 a las 22:03

    Me resulta absurdo que llamen a mi compatriota Belén de Sárraga española, porque cursó estudios universitarios en Barcelona y sus padres fueran españolas. La realidad es que salió del pequeño pueblo de Añasco, en el occidente de Puerto Rico, ya crecida. No llamarla puertorriqueña es perpetuar una de las actitudes que ella tanto aborrecía, el discrimen contra los más pequeños o los que menos tenían.
    Por favor, de ahora en adelante, honremos sus orígenes. Llamemos a Belén como lo que es: añasqueña y puertorriqueña. Eso la hace todavía más grande. Nació en el pueblo donde los dioses murieron, donde se ahogó a un conquistador español para probar que no era inmortal. Esa era su raíz.

  3. me ayudo demasia muchas gracias por quien lo subio

  4. Gracias por la informacion y las opiniones ambas me han servido de mucho. :)

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