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Lunes, 18 de Octubre de 2010 11:04 |
Declararse feminista en Chile sin haber leÃdo a Julieta Kirkwood es, a todas luces, pecado capital.
Por Patricia Moscoso. Carcaj
Declararse feminista en Chile sin haber leÃdo a Julieta Kirkwood es, a todas luces, pecado capital. Eso lo aprendà a fines de los años 80, en un breve paso por la Casa de La mujer La Morada, convertida hoy en Corporación. Ni entonces ni ahora me adjudiqué esa pertenencia, pero sin dudar del aporte que ella hizo a la reflexión sobre este tema, me pregunto sobre la vigencia de su legado y lo atingente de una nueva edición, la tercera, de su libro Ser polÃtica en Chile, la lÃnea de Investigación Sociológica de LOM.
Descubro que una relectura es válida y necesaria. Porque tal como lo plantea Kirkwood en este texto, la historia de las mujeres está llena de discontinuidades y complejidades, de avances y retrocesos. No es menor que esta reedición se presente en un momento en que se repiten algunos de los signos que rodeaÂron aquella producción teórica, en un contexto polÃtico que refuerza el sistema patriarcal de dominación.
Julieta murió tempranaÂmente y ese es un dato de la causa. Antes aún de que se publicara la primera edición de este libro, en 1986. Socióloga destacada, cientista polÃtica, militante del Partido Socialista, académica, comenzó a apuntar sus dardos contra el patriarcado en la segunda mitad de los setenta prosiguiendo implacable durante los ‘80. La consigna “Democracia en el paÃs y en la casa”, surgida de sus reflexiones, se hizo tan válida como otras, en los espacios de lucha antidictatorial y las feministas mostraÂron tener sólidos argumentos.
Lo que se anuncia desde el primer capÃtulo del libro de Kirkwood es un destape, una revelación o sistematización de una historia oculta: “La historia femenina no diferenciada, sumida en los procesos globales está, con apretada frecuencia, sesgada por una visión general masculina y contiene ese sello (Â…) ha sido contada como una serie de hazañas espectaculares de mujeres individuales, con miras a autoÂafirmación de ellas en el cumplimiento de una trayectoria convencional” dice la autora.
Paso a paso irá anaÂlizando como se ha escrito esa historia, procurando un rigor cientÃfico, desatando nudos, marcando énfasis. Resulta revelaÂdor leer en un contexto histórico aquello que se ha conocido de manera segmentada: la creación en 1913 de los centros Belén de Zárraga, que llevaÂban el nombre de la célebre anarquista, ligaÂdos a las oficinas salitreÂras; y en el lado opuesto el CÃrculo de lectura y el Club de señoras (1915 y 16). Aquellas mujeres de la clase obreÂras en el norte y estas mujeres de la clase alta en la capital del paÃs; pero ambas preoÂcupaÂdas –a su modo– de la emancipación de la mujer.
En 1917 se crea el Partido CÃvico Femenino, que proclama “la mujer moderna no pide nada injusto ni abusivo”; en 1935 el MEMCH (Movimiento por la Emancipación de la mujer), que se dirige a “mujeres de todas las tendencias ideológicas dispuestas a luchar por la liberación social, económica y jurÃdica de la mujer”, quizá el más relevante y el más próximo a los ideaÂrios del movimiento feminista moderno. El MEMCH, señala la autora, advierte tempranaÂmente a la izquierda del peligro de no asumir las reivindicaÂciones de las mujeres; más la alerta es desoÃda y luego costará cara y la cuenta será pasada en los años de la Unidad Popular, cuando en la trinchera femenina se instalen los peores miedos reaccionarios.
Asà sigue Julieta rastreando los vestigios de los movimientos femeninos, hasta los años de la fuerte reaparición de las rebeldÃas en los años 80, como respuesta no solaÂmente a lo que pasa en el paÃs, en medio de la dictadura, sino también en la casa.
DesÂhaciendo los nudos feministas
Mundo privado, mundo público; subversión de la vivencia polÃtica tradicional en un contexto de pretensión hegemónica autoritaria. Las congéneres a las que alude Kirkwood comienzan a preguntarse qué significa la democracia para la mujer “en circunstancias en que esta ha vivido atrapada en una larga historia de discriminación hegemónica” (pág 39).
Junto con lo polÃtico aparecen otros temas, lo que autora nombra como nudos feministas, dando a entender que son estas las cuestiones sobre las cuales el movimiento debe trabajar: la producción de sabidurÃa; el manejo del poder; el afecto, el goce, la recuperación del cuerpo; la necesidad de hacer confluir distintas miraÂdas en la estrategia de ganar espacios.
El primer punto no lo desaÂrrolla en este libro pero lo menciona en la introducción aludiendo a lo que las feministas llaman “sexismo en las ciencias”, pero respondiéndose que si la ciencia contiene en sà misma una revisión, es posible interpelarla. SÃ, se detiene en el segundo y es una cuestión que recorre todo el texto. “Tal vez lo más significativo del tema del poder en el feminismo radique precisaÂmente en su ausencia”, expresa.
Podrá decirse, al respecto, que es un asunto supeÂrado luego de haber tenido a una mujer en la Presidencia (Michele Bachelet); pero no nos olvideÂmos de los muchos cuestionamientos que acompañaron su ejercicio, por haber manifestado sus atributos femeninos (los atributos del afecto, los que salieron de la esfera privada para expresarse en lo público), tema que posÂteÂriorÂmente se volcó en su favor.
¿Y finalÂmente es tan claro el avance, en el poder? Se echa de menos un análisis tan lúcido de lo que ocurrió en los años posÂteÂriores a la desaÂparición de Kirkwood en el movimiento de mujeres. La muerte de su autora lo impidió, pero sus escritos son iluminaÂdores para anaÂlizar lo ocurrido en este pasado tan reciente.
Se podrÃa decir que los acontecimientos se repiten y asà como el vigoroso movimiento de mujeres, que culminó con la conquista del voto femenino en 1949, fue luego cooptado por los partidos (“se supone que a través de la conciencia polÃtica femenina ya ha sido lograda la igualdad entre los sexos”), asà también todo ese impulso de los 80 tuvo similar suerte en los 20 años de gobierno de la Concertación. Pero no serÃa del todo ajustado a la realidad, porque la presencia de Bachelet en el Gobierno, y también su mantención como la lÃder más popular de la oposición, se debe en parte a las luchas de las mujeres durante la dictadura.
Aún asà inquieta la constatación de que todavÃa es posible que una autoridad prohÃba la minifalda; que la Iglesia se oponga tenaz y eficazÂmente al uso de la pÃldora del dÃa después; que otra alta autoridad enrostre a las madres el deseo de divertirse; que se confisque material de educación sexual; que la prensa festine con los problemas de la esfera del mundo privado de una destacada lÃder femenina. Y etc.
Los nudos feministas escribe Julieta K son parte de un movimiento vivo y se pueden desatar pacienteÂmente o ser cortaÂdos a tajo y cuchillo. Habrá que ver.Â
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