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 Ellos buscan féminas que están en extinción y ellas quieren machos que aún no existen. Así resume la socióloga experta en género Marina Subirats los motivos del desencuentro en las parejas.
Por Daniela González, Revista Mujer
Hace medio siglo todo era muy distinto. Nuestras madres y abuelas lo
saben bien. En ese entonces la mujer chilena recién tenía derecho a
votar en una elección presidencial; tres de cada 10 mujeres trabajaban;
cuatro de cada 10 terminaban el colegio y la píldora anticonceptiva
apenas hacía su aparición -con polémica incluida- en la escena mundial.
Dedicarse a la crianza de los hijos era lo esperable. También lo era
mantener la casa en perfectas condiciones, coser los botones, planchar
las camisas, cocinar un budín, hornear un queque y terminar al final de
la jornada con la tremenda sonrisa para recibir al marido que había
‘luchado' todo el día en la jungla laboral para traer el dinero a casa.
No se confunda, que éste no es un manifiesto feminista. Quizás para
muchas la vida también era feliz así y para algunas lo sigue siendo y es
respetable. Es otro esquema, otra manera de vivir, pero que
prácticamente se ha acabado.
Pasaron sólo cinco décadas y las mujeres están en la parte alta de la
campana de Gauss: viven en promedio seis años más que los hombres,
copan las universidades, cada vez tienen más cargos gerenciales, la
natalidad se controla fácilmente, se divorcian si las cosas salen mal y
nadie las apunta con el dedo.
"Ni patrón ni marido", dicen las más avezadas...
No nos viene mal dar una mirada a esas importantes transformaciones de las últimas décadas.
Mujeres nuevas
Marina Subirats es una socióloga española, doctora en filosofía,
catedrática emérita de la Universidad Autónoma de Barcelona y experta en
género con reconocimiento mundial. Lleva cerca de 30 años de
trayectoria y, entre otros temas, se ha dedicado a investigar cómo han
cambiado los papeles de los hombres y las mujeres en la sociedad. Su
trabajo se basa en comprender las transformaciones que ahora dan paso a
una nueva forma de relacionarse, que está llena de tensiones, pero
solucionables.
Hace un mes, Subirats vino a Chile a dar una cátedra sobre el tema en
la Universidad Diego Portales. Ahí planteó que hoy las rupturas de
pareja son mucho más frecuentes y a menudo vividas como fracasos
personales. "Por eso es importante darse cuenta de cuáles son las
condiciones estructurales de esta sociedad y así comprender cómo se ha
generado este fenómeno y cuáles son las condiciones que debieran darse
para corregirlo", comenta.
Aunque se trata de un tema complejo, Marina ha ideado una teoría que
explica perfectamente la respuesta: mientras las mujeres han cambiado a
una velocidad abismante, los hombres se han quedado obsoletos.
Lo primero, advierte, es entender que nos encontramos en la sociedad
con mayor velocidad de cambio de la historia. Y cuando todo avanza
rápidamente, los géneros no son la excepción. Sin embargo, los ritmos
han sido distintos: mientras las mujeres han roto sus moldes anteriores y
han accedido a un mundo tradicionalmente reservado para los hombres,
estos últimos se han quedado ahí, vinculados aún a esa figura del
guerrero que sale en busca del alimento o del padre proveedor que se
gana así el respeto de la familia.
Veamos el cambio en cifras: según la Encuesta de Ocupación y
Desocupación en el Gran Santiago, de la Universidad de Chile, entre los
años 1958 y 1962 el 41% de las mujeres de entre 25 y 39 años trabajaba.
Cuarenta años después, y en ese mismo rango etario, las que trabajan son
el 60%.
El estudio del Servicio Nacional de la Mujer llamado "Mujeres
Chilenas: Tendencias en la Última Década," realizado en base a los
últimos dos censos, profundiza en cómo las mujeres han ido acercándose a
los terrenos más masculinos. Respecto de inicios de los 90, en 2002
había un 49% más de mujeres que ocupaban cargos en el gobierno, el poder
legislativo o la administración pública. También había un 60% más de
mujeres científicas o intelectuales.
Hombres obsoletos
"En otros tiempos, en sociedades con carencias, cuando había guerras o
escasez de comida, el hombre era criado como guerrero", explica Marina
Subirats. En ese entonces era muy importante que ellos se hicieran cargo
de ese trabajo, pues eran los que tenían la fuerza y los que aseguraban
la supervivencia de una familia. "Ese hombre tenía que aprender a morir
y a matar por comida y a los niños había que criarlos para ello. Y para
formar a un guerrero era necesario modificar esa tendencia del ser
humano a compadecerse de otro", reflexiona la socióloga.
Porque para pelear, la empatía no sirve. Entonces la manera en que se
le enseñaba a socializar a un hombre era siguiendo esa lógica: no
llores, no muestres tus sentimientos y compite por tu comida. "Pero en
el presente esta función deja de tener sentido. Ya no es necesario matar
piratas (ni siquiera es imprescindible que existan los corsarios). Sin
embargo, el problema es que el género masculino sigue asociado a la
figura del guerrero", dice riendo Subirats, mientras agrega en tono de
broma que la idea no es hacer desaparecer al género opuesto, sino
entender las razones del conflicto.
Con ese esquema, cuando un hombre llegaba a la casa cansado de la
‘guerra', la mujer lo limpiaba, lo cuidaba y le daba la sopa caliente.
Lo respetaba en ese papel y lo quería por la seguridad que le traía. Esa
escena hoy casi no tiene cabida. Son ambos los que llegan al hogar
agotados después de extensas jornadas laborales. Los dos pasaron el día
afuera no sólo para ganarse la comida, sino también por su realización.
Si están en las mismas condiciones y al llegar la noche es la mujer la
que tiene que hacer las cosas en la casa y ver a los niños, entonces por
qué él se sienta esperando el plato de comida, ¿qué respeto se le puede
tener?
Relaciones en crisis
Los hombres -no todos, claro- siguen legitimando este modelo masculino.
Una investigación sobre los roles de los géneros en Chile, hecha por
la Escuela de Psicología de la Universidad Adolfo Ibáñez, dio luces al
respecto: en uno de los experimentos se reunió a 94 hombres que tenían
que evaluar a otros de su género, según las preferencias de actividades
que éstos últimos tuvieran. La idea era simular una selección laboral y
decidir quién servía más. El resultado fue que los mejor evaluados
preferían actividades asociadas a rasgos más tradicionalmente masculinos
como la iniciativa, la agresividad, el individualismo, la
competitividad y preocupación por la productividad.
El mismo experimento lo repitieron con mujeres que evaluaban a
mujeres. Y la sorpresa fue que ellas también valoraban esos atributos.
Probablemente hace 50 años una mujer con características más masculinas
hubiera sido el centro del pelambre. Pero hoy se le legitima. Porque
hemos cambiado mucho... y los hombres bastante poco.
Las consecuencias de que los hombres sigan creyendo que son ellos los
guerreros y que se les debe respeto por eso genera conflictos y
consecuencias nefastas para la relación, lo que desemboca en que haya
menos disposición para casarse y más motivos para terminar un
matrimonio.
Ya lo dicen los datos. Como consigna el Registro Civil, en 1990 se
casaron 52 mil parejas. El año pasado lo hizo casi la mitad: la cifra no
alcanzó a 23 mil. Los divorcios, por otra parte, desde que están
contemplados en nuestra legislación (2005) suman y siguen. El año pasado
los inscritos en el Registro Civil llegaron a casi 53 mil.
Para Subirats, éste no es el único efecto de la obsolescencia de los
hombres. La socióloga profundiza en otro cambio que tiene relación con
esto, y que tiene que ver con la mortalidad a nivel mundial: antes eran
los hombres quienes vivían más -de ahí la mítica figura de la madrastra,
que en la antigüedad era tan típica-. Hoy en casi todos los países del
mundo las mujeres mueren después que los hombres. "Es insólito que
quienes dominan en una sociedad vivan menos que quienes son los
dominados, que aún siguen siendo las mujeres. Creo que es un fenómeno
que debe ser más estudiado para ahondar en sus causas", sostiene la
experta.
¿Es factible el amor?
"Los hombres buscan mujeres que ya no existen y las mujeres buscan
hombres que todavía no existen", resume la socióloga. Finalmente es ésta
la causa de los desencuentros. Se trata de un tema que abordó en
"Mujeres y Hombres. ¿Un Amor Imposible?", un libro que escribió junto a
Manuel Castells, otro reconocido sociólogo.
Para Subirats, una pareja puede consolidarse cuando el hombre es más
evolucionado y cuando, más que estabilidad económica, le da seguridad
emocional a su mujer. Este nuevo hombre, plantea la socióloga, es aquel
con el cual se puede tener confianza. Primero, y aunque nadie puede
asegurar que el amor va a durar toda la vida, se necesita confianza en
que aquel hombre va a hacer frente a sus compromisos como marido y como
padre. "Y segundo, que puedas contarle las cosas. Porque el problema que
tenemos muchas mujeres es que el compañero no sea un confidente. A
nosotras nos interesa mucho más el mundo interior, el de las emociones,
de los afectos".
Y ahí está la clave. Las mujeres piden un hombre que sea capaz de
resolver los conflictos desde lo que sienten ellos y que se preocupen de
lo que siente su pareja. Un hombre que no quiera mandar porque es
hombre. Un hombre que no sea más un guerrero. Porque ese tiempo ya pasó.
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